martes, 28 de marzo de 2017

Los retos de la escuela actual: de la enseñanza al aprendizaje

Escribe Javier Tourón

Este post lleva el título del prólogo que he escrito para un libro de inminente aparición, publicado por la editorial de la Universidad Internacional de La Rioja, y que será, seguro, un instrumento valioso para que muchos profesores de cualquier nivel educativo, se animen a mejorar al aprendizaje de sus alumnos.

Está coordinado por dos colaboradores excelentes: Antonio Calvillo, quien hizo una de las primeras tesis doctorales sobre flipped learning en España y Déborah Martín, coordinadora del Experto Universitario sobre Flipped Learning en Unir, quien hace vibrar a sus alumnos en cada sesión que realiza en el espacio virtual 3D en el que se desarrolla la parte síncrona del programa.


El prólogo, del que he eliminado los hiperenlaces a los que podrás acceder cuando tengas el libro en tus manos, dice así:

La escuela ya no puede seguir siendo lo que era, el aprendizaje tampoco. Y es lógico que así sea, pues la sociedad y el mundo del trabajo también son diferentes a los de hace tan solo unas pocas décadas. Las necesidades de la sociedad y el trabajo cambian, pero ¿lo hace la escuela y las demás instituciones educativas de manera que mantengan su funcionalidad? ¿Es su capacidad de adaptación e, idealmente, de anticipación la esperable? A la vista está la respuesta, aunque cada uno tendrá su propia percepción.

Cualquier lector interesado en observar los cambios sociales, en particular en lo que afectan a la educación, habrá ojeado -al menos- los informes sobre la digitalización de la sociedad española, o los Horizon Report, tanto para la enseñanza universitaria como no universitaria.

Hace pocos meses escribía en este blog, a propósito del largo camino hacia la innovación: “Es interesante ver cómo se avanza en la introducción de las escuelas en la sociedad digital, si bien hay datos que revelan que este camino es largo, complejo y que en un elevado porcentaje de escuelas no ha llegado casi a iniciarse o se encuentra en fases iniciales. Algunos problemas son de infraestructura, como la insuficiencia del ancho de banda, otras veces quizá de criterio, pues no deja de ser curioso que solo el 8% de las escuelas permitan utilizar el móvil en las clases (BYOD); o que en el 25% de los centros la tecnología esté presente en las clases solo una vez por semana (es decir, no está), o que el "aula multimedia" esté presente en muchos centros (algo del pasado), pero que la tecnología o los recursos estén presentes en cada aula solo en el 10% de los centros”Estos datos estaban tomados del informe: “Prepara tu escuela para la sociedad digital. Claves para sumarse al cambio”.

Se están dando pasos decididos, no cabe duda, relevantes ciertamente, pero insuficientes considerado el sistema educativo en su conjunto. Hay iniciativas, muchas si se quiere, pero no hay una mentalidad de cambio generalizada. No es mi intención en este momento el analizar las causas de esta resistencia al cambio. Solo señalo que, si no redefinimos el aprendizaje, o mejor aún, si no determinamos seriamente cuáles han de ser los resultados del aprendizaje de los alumnos en cada materia y edad, lo que denominamos técnicamente estándares de rendimiento, el sistema educativo estará un tanto a la deriva. Dicho en términos sencillos, debemos determinar “qué deben saber y saber hacer los alumnos” (what they should know and should be able to do). Esta es una definición instructiva de lo que es un resultado de aprendizaje, lo podemos llamar objetivo específico y no excluye, naturalmente, la dimensión del ser que es integral con el saber y el hacer, pero que no es del caso ahora. Por otra parte, cuando decimos saber no me estoy refiriendo solo al conocimiento, sino a cualquier habilidad cognitiva de orden superior, por usar la terminología más al uso alrededor de la taxonomía de Bloom, por ejemplo.

Y ¿por qué es importante definir los resultados? Porque solo definiendo los resultados estaremos en condiciones de establecer los procesos que nos lleven idealmente a ellos. Porque exigirán una redefinición de lo que se considera un aprendizaje adecuado para los tiempos actuales, sobre lo que existen numerosos catálogos accesibles a cualquiera en la red. Y en esa redefinición nos encontraremos con que el aprendizaje por exposición a un mensaje oral, exclusiva o principalmente, ya no es sostenible, porque los alumnos, los estudiantes, tienen ahora que adquirir un aprendizaje llamado profundo (deeper learning), que no supone perder nada de lo logrado (el saber), pero sí supone añadir nuevas habilidades y competencias. Lo importante ya no es el saber sino lo sabido. Ya no basta con saber, es preciso saber hacer, comunicar, colaborar, producir...

Como señala el Digital Library Task Force (2013) en la era actual la alfabetización significa, además:

  • poseer la variedad de habilidades cognitivas y técnicas requeridas para encontrar, comprender, evaluar, crear, y comunicar la información digital en una amplia variedad de formatos;
  • ser capaz de utilizar diversas tecnologías de manera adecuada y eficaz para buscar y recuperar información, interpretar los resultados de búsqueda, y juzgar la calidad de la información recuperada;
  • entender las relaciones entre la tecnología, el aprendizaje permanente, la intimidad personal y la administración adecuada de la información;
  • utilizar estas habilidades y las tecnologías apropiadas para comunicarse y colaborar con compañeros, colegas, familiares, y en ocasiones el público en general;
  • utilizar estas habilidades para participar activamente en la sociedad civil y contribuir a una vibrante, informada y comprometida comunidad.

Podríamos señalar aún otras características de la alfabetización y el aprendizaje actual, propio de este siglo que comienza, como las apuntadas a continuación:

  • El pensamiento crítico, resolución de problemas, el razonamiento, el análisis, la interpretación, la síntesis de la información.
  • Habilidades y prácticas de investigación, e interrogación.
  • La creatividad, el arte, la curiosidad, la imaginación, la innovación, la expresión personal.
  • La perseverancia, autodirección, planificación, autodisciplina, adaptabilidad e iniciativa.
  • Comunicación oral y escrita, hablar en público y presentación, escuchar.
  • El liderazgo, trabajo en equipo, la colaboración, cooperación, la facilidad en el uso de los espacios de trabajo virtuales.
  • Alfabetización en Tecnología de la información y la comunicación (TIC), los nuevos medios de internet, interpretación y análisis de datos, la programación informática.
  • Alfabetización cívica, ética, y justicia social.
  • La educación financiera y económica, el espíritu empresarial.
  • La conciencia global, alfabetización multicultural, humanitarismo.
  • El conocimiento científico y el razonamiento, el método científico.
  • El conocimiento ambiental y la conservación, comprensión de ecosistemas
  • La salud y el bienestar de alfabetización, incluyendo la nutrición, la dieta, el ejercicio y la salud pública y la seguridad.

La pregunta es: ¿pueden los métodos expositivos, o una única metodología, basada principalmente en la acción del profesor, favorecer la adquisición de estas y otras competencias similares? La pregunta, que es meramente retórica, tiene una respuesta evidente: no.

Se señala con acierto, a mi entender, que los alumnos deben formarse para resolver problemas que aún no se han planteado, para profesiones que aún no existen y para desenvolverse con tecnologías que aún no se han inventado. Esto, ¿no impone un serio reto para el sistema educativo, los aprendices y sus profesores?

Pero volvamos por un instante a lo señalado más arriba respecto a que hay que determinar lo que se debe saber… Esta observación puede parecer un tanto pueril pero, a mi juicio, no lo es. A los alumnos hay que enseñarles (o ayudarles a aprender) solo lo que todavía no saben. Esto implica evaluar lo que saben antes de cada unidad o bloque de aprendizajes. Hacerlo supone encontrarse con diferencias incluso importantes entre ellos, nos llevará a descubrir lo que ya sabemos pero con frecuencia desatendemos: que las velocidades de aprendizaje, la capacidad, la motivación, los intereses, etc., de los alumnos son diversos. Y si lo son, de lo que no cabe ninguna duda, la atención educativa también debe serlo. Pero ¿cómo si el profesor es el que explica la lección?

Nos enfrentamos a dos circunstancias que no podemos soslayar por más tiempo: las diferencias en la capacidad de aprendizaje de los estudiantes y la diversa consideración que hoy tiene el aprendizaje mismo y las dimensiones que lo definen.

Esto significa que no hay otra solución que abordar un enfoque de la escuela, una transformación de la misma, que devuelva al estudiante, al alumno, el protagonismo que por la naturaleza de las cosas le corresponde. Una escuela centrada en el aprendizaje y no en la enseñanza es una escuela que transforma radicalmente los roles del profesor y del alumno. El primero ya no es un expositor y transmisor de conocimientos, ni la única fuente de los mismos, y el alumno ya no es un sujeto paciente que escucha, anota, memoriza y repite. Esto exige, como se comprende, un replanteamiento radical de los modos de evaluar y de las funciones que tradicionalmente se le han asignado a este proceso nuclear de la enseñanza y el aprendizaje. Hemos de pasar de la evaluación del aprendizaje a la evaluación como aprendizaje. Pero esto no es ahora del caso.

Ante este panorama los profesores se sienten preocupados y, en ocasiones desbordados o abrumados, porque no saben cómo hacerlo. En ocasiones niegan la necesidad misma de tener que cambiar, que no es más que un mecanismo de defensa para no salir de lo que en el mundo empresarial se suele llamar la “zona de confort”.

Los profesores necesitan ayuda. Ser profesor hoy es más difícil que hace décadas, y más importante también, entiendo yo. Ya no solo tienen que saber mucho de lo que enseñan (primero y principal), también tienen que saber de pedagogía, de tecnología y de los conocimientos que resultan de la intersección entre estos ámbitos, que van más allá de la mera adición de los mismos.

Y aquí está este libro para demostrar no solo que es posible el cambio, sino para enseñarte cómo hacerlo. Pero no de una manera teórica (no habría nada de reprochable en ello), sino de una forma práctica, pero bien fundamentada en la teoría y reflexión pedagógicas. De otro modo sería un libro de ocurrencias más o menos vistosas.

Este es un libro de gran valor pedagógico y tecnológico porque son los mismos profesores los que hablan a sus colegas –desde su propia experiencia, desde quien lo tiene sabido como propio- y les explican cómo es posible hacer lo que parece imposible. Con un lenguaje directo y sencillo este grupo de profesores entusiastas, de innovadores inconformistas, ha decidido sacar adelante un proyecto del máximo interés, pues apoyándose en un enfoque pedagógico acertado (el flipped classroom) han decidido poner a disposición de los demás, con espíritu de servicio y afán de mejora, su conocimiento y experiencia. Han seleccionado con acierto las mejores aplicaciones que permitan llevar a la práctica lo señalado más arriba: hacer del alumno un protagonista de su propio aprendizaje.

Aquí sí cabe decir con propiedad que cada “maestrillo tiene su librillo”, pero en el sentido de que cada profesor te cuenta su experiencia, su modus operandi, que es sui generis y puede, o no, coincidir con el tuyo, pero no te será difícil sentirte inspirado por lo que ellos hacen.

Tampoco quiero sugerir que el libro, por su carácter práctico, es un recetario de procedimientos; más bien es un conjunto de experiencias vividas en primera persona, de las que este grupo de profesores ha sabido hacer, no “su librillo”, sino un libro (y muchos a la vez, por su carácter digital y, por ello, con componentes hipertextuales que te llevarán a otros mundos del saber) en el que explican cómo y por qué, cuándo y con qué.

Un acertado libro para ayudarte a mejorar en tu tarea diaria, para ayudarte a que te plantees que educar es darle la mano a lo cambiante sin olvidar lo permanente. Sabiendo que la tecnología, en su carácter instrumental, nunca podrá suplantar tu mirada de afecto a tus alumnos, ni el tono de tu voz cuando les animas a seguir adelante. Precisamente la tecnología está aquí para relevarte de las tareas más penosas, rutinarias y monótonas, permitiendo que te liberes de ellas e inviertas más tiempo en atender a cada alumno singular; para que personalices su aprendizaje tratando de desarrollar el talento de cada uno, responsabilizándolos de su propio aprendizaje. Porque como escribí hace poco en el prólogo de un libro dedicado a una profesora muy especial en su jubilación, “la educación se resuelve en un encuentro entre personas”.

Te animo a leerlo y, principalmente, a pensarlo y a arriesgarte a poner en práctica nuevas experiencias. Disfrutarás con ello porque verás que tus alumnos quizá lleguen a decir alguna vez, como me hacía saber hace unos días una madre de un niño de alta capacidad: “Mamá, es la primera vez en mi vida que no quiero salir de una clase”.

Solo me queda felicitar a este grupo de profesores que generosamente han puesto su conocimiento y su tiempo al servicio de la comunidad educativa, coordinados admirablemente por Antonio Calvillo y Déborah Martín, grandes expertos en el enfoque flipped learning y agradecerles el honor que me han brindado al darme la ocasión de escribir este prólogo a un libro digital que será de tanta utilidad para todos.

Tomado de Javier Tourón. Talento. Educación. Tecnología con permiso de su autor

domingo, 26 de marzo de 2017

Estar informado (semanal - (25/03/2017)

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Dispositivos móviles y realidad aumentada en el aprendizaje del alumnado universitari... | https://t.co/bQpMQBzFNj

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viernes, 24 de marzo de 2017

Diez estrategias eficaces para profesores. ¡Basadas en evidencias!

Escribe Javier Tourón

Hace tiempo que quiero escribir sobre la acción educativa basada en la evidencia (de investigación, se entiende). Ante tanta ocurrencia no siempre feliz, y ante tanto "maestrillo con su librillo",  me parece que es importante preguntarse: sobre esto, ¿la investigación qué dice?"

Los profesores son la principal y primera pieza (si se me permite la expresión) de un complejo engranaje que es el sistema educativo. Pero nada cambiará si no lo hacen los profesores, no las leyes, en sus aulas. Ya sé que la cuestión es más compleja, pero quiero poner el énfasis en la pieza olvidada del sistema y sobre la que se cargan más responsabilidades de las justas o de las que pueden asumir sin la preparación oportuna.

Por eso muchas veces me he referido a ellos como "la clave olvidada" del sistema educativo, o les he preguntado, retóricamente, si eran un "profesor tecnológicamente preparado",  o "digitalmente competente", o si hemos pensado en serio cómo utilizar mejor "el tiempo del profesor", porque queremos una enseñanza, un aprendizaje basado en competencias, pero, ¿y los profesores?

Es decir, que hace falta darse cuenta de la importancia de la labor del profesor, tan compleja hoy en día, donde ya no solo basta saber (que es esencial), también hace falta ser competente en muchos otros ámbitos profesionales, como bien sintetiza el modelo TPACK.

En la entrada de hoy quiero hacer referencia a diez estrategias que la investigación muestra como las más eficaces (siempre con las limitaciones propias de la investigación educativa, tan contextual) en la labor del profesor. En posteriores entradas iré ampliando esta información y señalando algunas implicaciones. Más abajo incluyo un infográfico original elaborado por Shaun Killian en el que se relacionan estas diez estrategias.

1. Sé claro respecto a lo que quieres que tus alumnos aprendan

2. Dí a tus estudiantes qué es lo que necesitan saber y muestrales qué deben ser capaces de hacer (need to know & be able to do)


3. Utiliza preguntas para comprobar que tus alumnos han comprendido


4. Haz que tus alumnos resuman la información nueva de manera gráfica


5. Ofrece muchas oportunidades de practicar distribuidas en el tiempo


6. Ofrece feedback a tus alumnos de manera que puedan mejorar su aprendizaje


7. Dale tiempo a cada alumno para que tenga éxito


8. Facilita que los alumnos trabajen juntos de manera productiva


9. Enseña estrategias junto con el contenido


10. Fomenta la metacognición



Como he señalado tantas veces, esta sería un  buena lista para discutir entre profesores de un mismo centro y sacar consecuencias prácticas para las aulas. También uno podría imprimir la lista y colgarla de alguna pared de su clase... ¡Feliz semana!


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Tomado de Talento-Educación- Tecnología con permiso de su autor

jueves, 23 de marzo de 2017

La universidad o el ocaso de la cultura

Escribe Alfredo Obarrio (Tomado con permiso de los editores de Studia XXI)


En su último libro, Un largo sábado, el viejo maestro, George Steiner, se pregunta –nos pregunta–: “¿Es posible que, tal vez, las humanidades puedan volverle a uno inhumano?” ¿Es posible que la cultura, lejos de hacernos mejores, lejos de afinar nuestra sensibilidad moral, la atenúe?”. La respuesta, no por menos conocida, es menos dolorosa: sí, es posible. Un buen ejemplo es el declinar del Saber en las Facultades de Letras, y en buena parte de nuestra vida académica.
“¿Es posible que la cultura, lejos de hacernos mejores, lejos de afinar nuestra sensibilidad moral, la atenúe?”. George Steiner.
La pregunta sobre el papel que juega la Universidad, y el lugar que ocupa en la sociedad como entidad educativa, constituyó un interrogante y una reflexión en voz alta que acompañó a buena parte de los intelectuales del siglo XX, quienes –muy a menudo– vieron en ella el declinar de una época y de un saber que había conformado la historia de nuestra Cultura. Un interrogante del que se hicieron eco autores como Jacques Derrida, quien, en su lección “Las pupilas de la Universidad. El principio de razón y la idea de la Universidad”, pronunciada en abril de 1983, y recogida en su obra Cómo no hablar y otros textos, se cuestionó si aún era posible ver en la Universidad una razón de ser que la hiciera singular, máxime cuando lo que prima es una Universidad que se hace y deshace bajo unos parámetros de legitimación que nada tienen que ver con su naturaleza y su finalidad: son los parámetros de la productividad, de la eficacia y de la rentabilidad; criterios muy distantes de los que la formaron y la guiaron en su larga singladura histórica, y sobre los que, por desgracia, se jerarquiza toda la transmisión del saber. Una lógica de la funcionalidad que tiene su reflejo en una enseñanza cada vez más alejada de una dimensión reflexiva y crítica, lo que la lleva a “vender su alma para preservar su fachada”, a clausurar un porvenir que se nos antoja incierto, y al hacerlo la convierte en “una ciudadela expuesta […] a ser tomada, y […] abocada a capitular sin condición”, a ser “ocupada, tomada, vendida, dispuesta a convertirse en la sucursal de consorcios y de firmas internacionales”, una ocupación que la convierte en un rehén de unas inversiones supuestamente rentables para el mundo académico.
El último ejemplo –y quizá el más sangrante– que puede ejemplificar, o, si se prefiere, concretar esta ácida reflexión, lo podemos hallar en el lacerante fenómeno de la corrección política en las universidades anglosajonas, una “corrección” que ha llevado al sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres a exigir que se retire del currículum académico a filósofos “blancos” de la enjundia de Platón, Kant o Descartes, pilares del pensamiento occidental que han de ser reprobados para ensalzar a filósofos africanos o asiáticos de los que, sin duda, todos hemos oído hablar. Pero no contentos con esta “singular” propuesta, exigen que si la Universidad no atiende a sus “lógicas” demandas, es decir, si no se atiene a lo “políticamente correcto”, los “pensadores blancos” deberán ser explicados en su “contexto colonial”.
Puede parecer una utopía, pero las utopías, como nos recuerda Orwell, se desarrollan cuando nace el miedo. Y ese miedo se ha inoculado y ha arraigado en la Universidad de Glasgow. Esta Universidad ha decidido que a partir de este curso académico se avisará a los estudiantes de primer curso de Teología de que las imágenes de la crucifixión pueden resultar “incómodas o preocupantes”. Me pregunto: ¿incómodas para quién: para un teólogo? Si la cuestión no fuera tan dolorosa, sería propia de una escena, de una buena escena, de Woody Allen.
Puede haber colegas que piensen que éste es un hecho aislado del que no cabe sacar más consecuencias. No lo veo así. La primera voz que nos avisó de este camino sin retorno fue la Allan Bloom, quien, con su obra El cierre de la mente moderna (1987), abrió un debate no cerrado en la sociedad americana de finales del siglo XX. En esta obra singular, el autor nos hace ver que la sociedad actual sufre de esa conciencia volátil, de ese errar incierto del hic et nunc, del ‘aquí y ahora’, que le lleva a “vivir contra la verdad”, como diría Julián Marías, y sin la verdad, no hay Universidad, ni Ciencia que explicar o investigar, lo que nos hace recordar el lema del gran rabino del siglo XVIII, Baal Shem Tov: “La verdad está siempre en el exilio”.
Por esta razón, cuando renunciamos a la Cultura de los grandes textos y de los grandes pensadores, sólo abrazamos –avergonzados– una pseudo-cultura que reniega de sus principales señas de identidad, y de una civilización, la greco-latina, que es, conjuntamente con el cristianismo, la base sobre la que se asientan los pilares de nuestra sociedad. Una Cultura y una Filosofía que, como nos recuerda Hannah Arendt con su habitual lucidez, “no puede dejar de existir mientras haya hombres. La filosofía sostiene la pretensión de captar el sentido de la vida más allá de todos los fines del mundo”, de un mundo que nos enseña, con el peregrinar de Ulises, que en la continua reflexión sobre la vida y la Historia se va forjando su deseo de progreso, de Ciencia y de Saber, de un Saber que nos hace ver que seguimos siendo enanos a hombros de gigantes, de esos gigantes “blancos” llamados Platón, Aristóteles, san Agustín o Nietzsche. Gigantes que hoy pretenden ser desterrados de nuestras mentes y de nuestras vidas. Gran herejía el revelarlo. Mayor cobardía el no denunciarlo.
“La filosofía sostiene la pretensión de captar el sentido de la vida más allá de todos los fines del mundo”. Hannah Arendt.
Por desgracia, los tiempos que corren para nuestra Cultura y nuestra Universidad nos recuerdan, con Steiner, las palabras escritas por Charles Dickens al inicio de su novela Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”.
Sí, es posible que la Cultura, lejos de hacernos mejores, lejos de perfeccionar nuestro saber y nuestra alma, la atenúe y la disuelva. Y es posible cuando convertimos a la Cultura en recetas de papel couché.
Nada nuevo bajo el sol.

Con permiso de los editores del blog Studia XXI

miércoles, 22 de marzo de 2017

¿Cómo enseñar a aprender?

Escribe Carlos Magro


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Aprendiendo. Fotografía by Á. Fidalgo.
Un buen profesor es el que es capaz de enseñar lo que no sabe y un mal profesor es el que no es capaz de enseñar lo que sabe.
Un experto es una persona que tiene un gran conocimiento sobre un tema determinado y es capaz de transmitir ese conocimiento a otras personas. El profesorado también suele tener un gran conocimiento sobre los temas que transmite, pero lo que le diferencia de un experto es que es capaz de enseñar ese conocimiento desarrollando la capacidad de aprender al mismo tiempo.
Algunas personas creen que desarrollar la capacidad de aprender es poner deberes (o trabajos),  preguntar la lección, exigir mucho más en los exámenes de lo que se ha enseñado en clase, e incluso  pensar que es tarea del alumno autoformarse. Este tipo de acciones tiende a producir que el alumnado vea al profesor como una persona que sabe mucho y que, además, tiene el poder absoluto para decidir si los demás saben lo suficiente.
Para enseñar a aprender lo primero que debemos hacer es ser capaces de transmitir a nuestro alumnado que nuestra misión  principal es ayudarle a aprender. Y no hay mejor forma de hacerlo que actuando en consecuencia con lo que se pretende transmitir. Algunas de esas actuaciones con el alumnado pueden ser:
  • Enseñarles cómo utilizar sus propios errores para aprender.
  • Utilizar las dudas como recurso didáctico.
  • Explicar el fundamento de un concepto, identificar dónde puede encontrar información adicional y dar pautas sobre cómo utilizar esa información adicional.
  • Trabajar en el aula con los resultados de los trabajos o deberes que han realizado.
  • Identificar fuentes de ayuda, cómo y cuándo utilizarlas. Desde el uso de internet a la acción tutorial del profesorado.
  • Promover y gestionar la cooperación entre ellos desde el primer día de clase.
  • Reconocer el progreso de su aprendizaje y repercutirlo en la calificación.
Sé que gran parte del profesorado no es especialista en el aprendizaje, que nadie le ha enseñado a enseñar a aprender. Pero a pesar de ello, todos nosotros tenemos la gran ventaja de que constantemente estamos aprendiendo (lo necesitamos para ejercer nuestra profesión). Lo único que tenemos que hacer es reflexionar sobre cómo nosotros mismos aprendemos y aplicarlo con nuestro alumnado.
Tomado de Innovación educativa con permiso de su autor